jueves, febrero 02, 2006

Crónicas colombianas

Hace más de un mes estuve en Colombia. Y aún no he escrito nada al respecto. Cuesta recuperarse de viajes así. Cuesta decir algo después de ese torbellino de voces, colores, música, olores, sabores... los sentidos se alocan y es difícil volverlos a situar en una medianía saludable. Ahora que miro el gris de una playa cercana a la zona central (nuestras playas son, la mayoría de las veces, grises y frías), recuerdo paisajes rebosantes de tonalidades bajo un sol intenso. En esos paisajes, la historia se ha encargado de montar un escenario atiborrado de grandes triunfos humanos y penosas zozobras, y esto es así aún, porque el día a día de los colombianos tiene mucho de gestas descomunales sobre la naturaleza, pero también de muerte cotidiana. En la región del Cauca, los negritud ha dotado de belleza a sus habitantes, una belleza coherente con el verde de los cafetales y los platanales y que, alentados por el aguardiente de caña, desatan al ritmo de los bailes caribeños.
Cali es una ciudad de contrastes, de ricos cafeteros y de negros pobres llegados desde regiones sin futuro en el Océano Pacífico; es la ciudad en la que se celebran fastuosos desfiles de hacendados a caballo y es también la ciudad donde se inician romances al ritmo de la salsa, en discos ruidosas y repletas de bailarines. Según me contaron, hace un tiempo Juanchito, un pueblito cercano lleno de salsotecas, era el escenario de tiroteos y riñas entre mafiosos de la coca; hoy, se puede bailar allí toda la noche, después de haber iniciado la fiesta a bordo de una chiva, una especie de micro sin ventanas, acondicionada para el carrete ambulante. Precisamente, a bordo de una de esas chivas tuve la oportunidad de conocer la sensualidad espontánea que rebosan al bailar los caleños.
A tres horas de Cali, cercano a Manizales, queda la región de Quindío, y en ella el Parque del Café. La visita incluye, sin más, tormentas tropicales; al menos esta visita incluía una que se desató repentinamente, dejando a todo el mundo empapado de pies a cabeza. Cuando terminó, el calor hizo lo suyo y pronto uno estaba completamente seco, y a seguir con la fiesta...
Los caleños hablan sin parar, celebran cada broma, son amables hasta la exasperación y son, cosa rara, extremadamente formales. Lógicamente, esta chilena poco expresiva, callada y poco sociable dio la impresión de disgusto, enojo, aburrimiento e inspiró incluso temor en más de alguno. Aunque solo estuviera coleccionando imágenes y sensaciones...
En Cali se quedaron amarrados momentos realmente memorables del 2005. ¿El motivo de la visita? Una convención de trabajo. Resulta que trabajo en una empresa colombiana y resulta que, no lo habría sospechado, tengo colegas que son de lugares tan exóticos al oído como Barranquilla, Santa Marta, Cartagena, Montería, Palmira, Medellín, etcétera, etcétera.
Un saludo, entonces, si acaso tienen la oportunidad de leer esto, a Carmen, Alfonso, Armando, Marcelo, Julián, Sandra, Ricardo, María Inés, y a todos aquellos de cuyos nombres no consigo acordarme.

2 Comments:

At 1:35 a. m., Anonymous raul said...

y claro, sigo esperando que me visites...

 
At 7:10 p. m., Blogger Noticias del Viejo Mundo said...

Te faltó poner las fotitos ...
Veo que eres otra de las embrujadas de Cali y Colombia ...
Saludos

 

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